Atardeceres en Pinoso que dan vida

|Aurora Martínez|

Una tarde de mayo cualquiera. El sol cae, los pájaros vuelan alto, muy alto. Tanto que los pierdes de vista fácilmente. Mientras tanto los árboles juegan a moverse al son del aire, cómo si de una coreografía se tratara. Todo parece estar en perfecta armonía. Las nubes se colocan estratégicamente dibujando figuras en el cielo. Todas las agujas del reloj se detienen, es la hora. Es el momento perfecto para disfrutar de estos regalos tan mágicos que nos brinda nuestra naturaleza.

Aquí arriba todo es tan puro, tan sano. Ojalá pudiera ser eterno. Quiero seguir teniendo la sensación de libertad, respirar profundo y alimentarme de este aire tan frágil, limpio, transparente.

Este simple atardecer siempre estará dispuesto para nosotros. Será nuestra vía de escape, una alternativa paralela a la realidad a la que nos enfrentamos. Contraria a nuestra rutina diaria, en la que la rapidez prima ante la calma, el exceso a lo escaso, las excusas a los actos.

Ya no nos detenemos para fijarnos en esos pequeños detalles que dan aliento. Ahora nos cruzamos con las piedras para golpearlas sin sentido, pisamos las plantas como si fueran parte del camino. Arrugamos nuestras penas y las arrojamos a la calle, sin motivos ni porqués. La bola se va haciendo más grande, más ruda, pesada.

Un atardecer de mayo en Pinoso | Aurora Martínez

 

Detente. Date la oportunidad, aunque sea por un momento, de adentrarte en la calma de la montaña, en la sencillez y perfección de una mariposa volando, en el eco del viento soplar. Entonces, volverás a mirar atrás y comprenderás el sentido de la vida. Quizá ahora te des cuenta de que los pájaros jamás dejarán de cantarte, ni los árboles de bailarte. Los montes estarán cargados de oxígeno para salvarte y el sonido del mar será la perfecta armonía para acunar tus sueños. Aunque solo sea por su desinteresada fidelidad, cuida y protege aquello que te acompañará en este  camino denominado «vida».

 

 

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